20080128

Améd y el tercer vaso

La casa que supo construir Amed hace tantos años, es del material más noble que su vida le permitió conocer: el adobe. Material tan noble, "que podría rimarse con la palabra noble misma, si se tiene la voluntad suficiente, querible como un amor fresco de primavera y tan duradero como la vida linda". Vive en las cercanías de un pueblito nacido en tierras áridas al este de las cordilleras, que se llama Pagancillo. Llegó cuando tenía treinta y tres años, y fue, dice, lo más parecido a su tierra natal que pudo hallar en los cincuenta años que lleva viviendo en este nuevo continente. La casa es pequeña de paredes rugosas, y en ella aloja una mesita suficiente para comer dos personas, tres banquitos de mimbre, dos sanos y uno esperando reparación, y lo poco que necesita para su vivir diario. En un mueblecito modesto pero bien cuidado guarda del polvo las cosas más valiosas como las cartas de su primer amor escritas en árabe y una foto de un caballo que supo ser un fiel amigo por muchos años. Una heladera brilla en aparente disonancia con el resto, y su catre sostiene un colchón vencido, con frazadas de colores opacados por el tiempo y con la dignidad de ser la salvación en las noches rudas. A pesar del viento y la aridez del entorno, mantiene su casa con una limpieza admirable.
Amed es un hombre apacible, vive de sus cultivos y animales y así también disfruta de la vida en comunidades pequeñas. "Heredé de mi madre un gusto por la contemplación de las cosas que me rodean y de mi padre un amor profundo por la música simple, como verá usted en mis instrumentos que yo mismo me fabriqué". Me habla pausado, hay tonos de su lengua natal en su castellano admirablemente adiestrado, y mueve las manos con gestos cadenciosos acompañando el relato. Sabe hacer amena su compañía y hospitalidad, tan habitual y generosa en la gente de estos hermosos pueblitos que hacen pensar en ellos como selvas vírgenes, lejanas de la sofisticación de las ciudades pesadas.

Luego de un silencio muy grato en la charla, Amed me ofrece un vaso de agua y acepto gustoso. A pesar de la austeridad en su vida -me explica mientras abre la heladera a gas-, acepta aquellos inventos que le facilitan un poco el vivir cotidiano, porque sabrá usted cómo se bendice una jarra de agua fría en estas arideces. Sirve el agua en dos vasos de su colección de seis "que me regaló una familia muy querida del pueblo" y luego de alcanzarme el mio, deja al otro sobre la pequeña mesa y vuelve a servir uno más. Me extraña la ceremonia, porque eramos sólo dos, y ya venía él con el tercer vaso servido. Se sienta nuevamente frente a mí, tomando sorbos del agua que estaba riquísima como todo lo que llega justo cuando uno lo desea, y yo sentía mucha curiosidad por el vaso huérfano que presidía la mesa por falta de bebedor. Amed por supuesto se da cuenta:

-¿Le resulta curioso?
-Sí, es que me llama la atención que haya servido un vaso más.
-Sabe, todos los días lleno un vaso con agua fresca y lo dejo en algún lugar cerca mío. Es algo que hago desde que llegué a este lugar.
-Supongo que tendrá algún motivo, y si no es molestia me encantaría que quedara en sus manos el resto de este relato, que tan merecido lo tiene por haber venido a mi imaginación puntualmente para que yo pudiera escribir esto. Maestro, suyas sean las palabras.